Salud y medicina

¿No puedes evitar la preocupación? Cuatro trucos para dar un descanso a la mente

No puedes evitar preocuparte

En mayor o menor medida, todos hemos vivido algún momento en que teníamos que estar supuestamente felices, o simplemente divertidos, pero que tal o cual preocupación nos impedía disfrutar del buen rato. Alguien nos decía, ¿pero no te gusta? Y sí, nos gustaba, pero ese asunto nos traía a mal traer y podía con nuestro feliz entorno.

Algunos afortunados son más capacesde desconectar que otros; pero merece la pena plantearse si es cuestión de buscar la manera de olvidarse, siquiera momentáneamente, de esa preocupación.

Enganchados a la preocupación

¿Nuestro cerebro está “enganchado” a la preocupación? En algunas personas, la respuesta es sí. Las zonas cerebrales responsables de las emociones, los recuerdos y el pensamiento sobre el futuro forman una red que se conoce como “de modo predeterminado, o por omisión” (DMN por sus siglas en inglés -Default Mode Network). Cuando nuestro cerebro no tiene nada mejor que hacer, deja de pensar en uno mismo y, en algunos casos, esta red crea pensamientos creativos, o ensoñaciones, mientras que en otros casos conduce indefectiblemente a la preocupación.

Dicho de otro modo, hay quien está enganchado a pensamientos felices y quien lo está a pensamientos preocupantes. A estos últimos les proponemos cuatro prácticas que pueden servir de ayuda para desconectar de esas odiosas preocupaciones.

El Mindfulness y la meditación

En resumen, la idea central del mindfulness es que nos centremos en el presente, evitando confundir los pensamientos con la realidad en que nos encontramos. Dar un protagonismo, que de otra manera no tendría, a la experiencia sensorial del momento, como una manera de centrarse en la realidad.

En esos momentos en que estás abrumado, intenta centrarte en ese acto reflejo, inconsciente, que es la respiración. Cierra los ojos, respira profundamente y ábrete por completo a tus sentidos: vista, oído, tacto y olfato. Piensa que al respirar estás enviando sangre, o sea oxígeno, al cerebro. Ese pensamiento puede aliviar el estrés.

La meditación va asociada a una reducción de la actividad de la DMN –la “red” mencionada antes– y parece funcionar aún mejor que cuando emprendemos tareas que puedan resultar relajantes o simplemente que pueden distraernos.

Encuentra algo que aprecies

Cuando estás sumido en tus preocupaciones, el sentimiento de gratitud puede parecer la cosa más lejana del mundo. Pero centrarte en algo a lo que estés agradecido puede calmar la amígdala –la región del cerebro responsable de las reacciones emocionales–y reducir el estrés. El sentimiento de gratitud también libera dopamina (un neurotransmisor “motivador”, clave en la expresión de las emociones) en el cerebro.

Piensa en cosas que te generen sentimientos de gratitud; incluso escríbelas, y deja que los pensamientos positivos que se vayan generando se adueñen de la mente.

Ejercicio

Es clave que encuentres un rato para hacer ejercicio. Nuestro cuerpo no se diseñó para estar sentado todo el día, trabajando ante el ordenador o viendo la televisión. Es fundamental que liberes algo de tu energía que, de no hacerlo, puede acumularse y manifestarse en forma de procesos mentales que, si piensas mucho y te mueves poco,tienden a estancarse.

Incluso un ejercicio suave induce la liberación en el cerebro de serotonina, de endorfinas y otras sustancias químicas que ayudan a bajar el cortisol (la hormona del estrés). Empieza por la mañana, con un poco de yoga en casa y da un paseo a mediodía, o ve un rato al gimnasio… Lo que en tu propio caso funcione y te mantenga en movimiento: tu mente te lo agradecerá.

Busca un sustituto

Sin disciplina, la mente se dispara hacia lo menos pensado, encadenando pensamientos que, si eres propenso a la preocupación, pueden ser destructivos y acabar sumiéndote en esa desesperación que queremos evitar. Pero la mente se puede educar.

¿Te gusta escribir? O ¿leer? ¿Tocas algún instrumento? ¿Dibujas, o pintas? Pues ponte a ello, lo que sea, y acabarás por concentrarte en esa actividad. La mente es adaptable y con algo de práctica te será cada vez más fácil adoptar una actitud optimista, evitando caer en esos pensamientos destructivos, en esa preocupación constante. ¡Es cuestión de proponértelo y de ponerte a ello! Verás como acaba por resultar más fácil de lo que crees.