Salud y medicina

El cerebro enamorado

El corazón es el órgano de referencia cuando hablamos del amor, pero realmente el órgano que “se enamora» es el cerebro. El amor nace del dialogo o del silencio entre nuestras neuronas.

Según estudios realizados en la Universidad de Navarra, cuando se desencadenan estos procesos de atracción entre personas se ponen en marcha circuitos cerebrales de confianza, que sirven para consolidar el vínculo amoroso, y se anulan áreas cerebrales que potencian las distancias interpersonales, que son los mismos que se activan en estados depresivos o de tristeza.

El enamoramiento se parece química y sintomáticamente a un desorden obsesivo-compulsivo. Se libera serotonina, el neurotransmisor que tiene que ver con los sentimientos. Cuando queremos acercarnos a alguien basta con mirarle directamente a los ojos, segregarás oxitocina, y esto crea una sensación de bienestar y por lo tanto de cercanía. De hecho, mirar a los ojos de alguien ayuda a enamorarle.

Una adicción en toda regla

Nuestro cerebro, en ese estado, es capaz de silenciar los aspectos negativos de la persona objeto del amor. De ahí que hablemos de una característica tópica pero cierta del amor, que es ciego, ya que somos incapaces de ver defectos en nuestra pareja que en cualquier otro momento serían evidentes y, de hecho, lo son cuando ese estado de “enamoramiento” desaparece.

Y aunque la base biológica es universal, los matices aparecen cuando interviene la cultura o la tradición. Así, una pareja enamorada en Europa y otra en Países Árabes manifestarán sus ritos de apareamiento de forma totalmente distinta, aunque sus bases bioquímicas sean las mismas en ambos casos.

El enamoramiento, en definitiva, se parece a una adicción en toda regla: generas buenas dosis de norepinefrina, dopamina, serotonina, testosterona… Es la química del bienestar y ya sabemos que el cerebro cuando está a gusto no es razonable.

La confianza, la empatía, la comunicación, la capacidad de tener en cuenta al compañero, generalmente se hacen más importantes con el paso del tiempo. El enamoramiento “como el primer día” simplemente, es una situación agotadora. Sin embargo, los niveles de hormonas sexuales disminuyen con la edad, lo que conlleva a cambios físicos, pudiendo hacer la intimidad difícil o molesta. Estos cambios influyen en la imagen que se tiene de uno mismo y en la manera de expresar la sexualidad en hombres y mujeres.

En la madurez

Las mujeres mayores han visto su cabello volverse gris, arrugarse la piel, aparecer varices, pueden temer no ser tan atractivas. Estos cambios físicos les hacen sentir vergüenza o cierta incomodidad en las relaciones sexuales. Los hombres presentaran niveles bajos, sobre todo de testosterona, por lo que verán disminuida su libido. A su vez han perdido fuerza muscular y tienen parecidos temores, pero ellos prestan menos atención a su aspecto físico.

Los problemas de salud pueden interferir en el modo y manera de expresar sentimientos íntimos. Los efectos de la enfermedad sobre la intimidad son complejos y dependen del tipo de patología, del tratamiento necesario, del aspecto físico y de la actitud de la persona pudiendo debilitarla o modificarla.

El aspecto externo, la belleza física, la juventud, resultan evidentemente atractivas y sin duda favorecen a quien las poseen, pero las primeras impresiones positivas no dependen de estos elementos. Las claves determinantes para causar buena impresión son mostrar interés por el otro e inspirarle confianza.

Una primera impresión se forma a base de mecanismos inconscientes, por lo que a veces nos equivocamos al juzgar, en especial si hemos acumulado prejuicios inconscientes, como puede pasar cuando juzgamos en base al género, raza, cultura. Por ello hay que ser capaz de filtrar una primera impresión y no caer en la trampa de creer que todo lo intuitivo y automático es necesariamente fiable. Cuidado con el amor a primera vista.